La chica está de espaldas, mirando las olas que avanzan hacia ella. Es un día cálido de verano, el viento mueve suavemente su vestido blanco y su largo pelo negro.
Como cada día durante muchos años a ido a esa playa, manteniendo la promesa que hizo con el. Prometió esperarle el tiempo que hiciera falta, pasase lo que pasase.
Está empezando a anochecer, mira hacia el cielo y observa la luna que durante todo ese tiempo a sido su consejera y su fiel amiga.
Avanza hasta meter los pies en el agua, está fría, pero eso no la detiene. Se queda allí de pie, con los ojos cerrados.
Entonces escucha un ruido, alguien se acerca. Nota como su corazón comienza a latir muy rápido, pero se mantiene en su posición, con los ojos cerrados, esperando, siempre esperando.
Escucha un suspiro de la persona que se encuentra a su espalda y decide girarse lentamente. Cuando a acabado su movimiento, abre los ojos y una sonrisa se dibuja en su cara.
Es el, se dirige a su lado y abraza su espalda, el otro no reacciona, como siempre. Ella lo sabe y está acostumbrada, se coloca frente a el mientras una solitaria lágrima surca su mejilla.
Por supuesto, el no la ve, como siempre. Observa su rostro, está lleno de arrugas, parece muy cansado. Tras este movimiento mira sus propias manos, blancas, largas, sin una muestra de que la edad alla pasado por ellas. Es normal, después de todo el tiempo se paró hace mucho para ella.
No importa, ella espera, lo prometió hace quince años, cuando el pronunció esas palabras ante su cuerpo. Cuando juró que estaría allí hasta que se volvieran a reunir de nuevo.
Cada día espera en esa playa hasta que anochece, cada día le ve venir y mirar al horizonte, a través de ella. Cada día le abraza y besa sus labios. Cada día sabe que queda menos tiempo para que se vuelvan a encontrar.

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